Mi espacio: El monstruo.

Buenas tardes.

Voy a intentar que cada domingo por la tarde tengáis algo de esta sección que tanto me gusta. Lugar donde os expongo creaciones que me salen del alma.

En esta ocasión os traigo un relato de terror… De los que me gustan a mí, vaya. ¿Quién es realmente un monstruo?

– ¿Dónde? –pregunto mientras recupero la consciencia. Estoy tirado en el suelo de un bosque– ¿Qué cojones ha pasado?

No recuerdo cómo he llegado aquí. Mi nombre es Calixto y estaba de retiro con mi esposa Carla y un viejo amigo nuestro… Sí, cierto, alquilamos una cabaña rústica en medio de un bosque para estar en el ambiente que nos encantaba a los tres y aislarnos del bullicio de la sociedad.

Mi polo verde de marca y mis bermudas marrones dan mucha pena, sucias por alguna sustancia que apesta, tierra y mi propio sudor. Tengo el pelo lleno de ramitas y hojas secas, la boca pastosa y el estómago con ardores.

Me incorporo con lentitud en mi tremenda agonía, como si hubiera recibido una paliza, aunque lo que peor llevo es el tremendo dolor de cabeza.  Sufro arcadas, veo borroso y todo da vueltas, tanto que acabo apoyándome en el enorme tronco de un árbol cercano para sostenerme.

Siento un escozor en mi antebrazo derecho, lo reviso horrorizado al ver tres profundos arañazo que sangran sutilmente. ¿Quién, o qué, me ha podido hacer esto?

La noche nace sobre mí, la visibilidad se hace escasa porque las copas de los árboles no dejan ver el cielo. El terreno es irregular debido a las grandes raíces que penetran el suelo y por los múltiples arbustos y zarzales. Si obvio mi respiración, lo único que mis oídos perciben es el cantar de los insectos nocturnos, el ulular de los cazadores de la luna y el pasar del agua de un río lejano.

Acongojado por no saber en qué parte del bosque estoy, miro a mí alrededor con ahínco hasta percibir en la lejanía unas luces que dan la impresión de ser artificiales. ¿Será la cabaña? A todo esto, ¿y mi esposa?

Intento hacer memoria pero no recuerdo nada, y cuando se empiezan a vislumbrar unas imágenes, mi cabeza desea estallar. Siento el bombeo de sangre por la frente, vuelven las náuseas y mi cuerpo se resbala hasta quedar sentado.

Alguien grita con desesperación en la lejanía, mi corazón late desbordado mientras retumba en mis oídos el eco vivo del auxilio, reconozco a Carla en ese alarido. Me incorporo con torpeza para poder avanzar un par de troncos con seria dificultad. Camino hacia las luces, el chillido provenía de allí. De repente, recuerdo que Carla, nuestro amigo y yo abrimos varias botellas para divertirnos aquella tarde.

Su rostro juvenil, a sus treinta años, mantiene intacta su inocencia pura, sus mechones de pelo dorados rozándole su impoluta piel blanca embelesan al más frío, sus ojos verdes penetrantes tocan el alma y sus labios rosados tan sonrientes llevan al paraíso… ¿Estará bien mi amor? Empiezo a gimotear por las escenas tan cruentas que merodean por mi imaginación.

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Mi pierna derecha se estremece al caminar, así que cojeo constantemente, mi visión se enturbia cuando la presión sanguínea pasa por mis venas oculares y mi respiración es muy forzosa. No obstante, tras unos minutos eternos, distingo la cabaña a lo lejos.

La puerta principal está abierta y el interior permanece a oscuras. Aún estoy lejos pero distingo a mi esposa corriendo al interior con su vestido largo blanco sin mangas. Un blanco tan puro que le da un aspecto fantasmagórico desde mi posición. Intento llamarla y levantar mi brazo izquierdo pero apenas sale la voz y el hombro se retuerce por una gran punzada.

Cojeo con más brío al ver que Carla está sana y salva. Quiero abrazarla, decirle que estoy vivo para que no se preocupe y que me cuente que ha ocurrido, por qué ha chillado y disfrutar lo que podamos de nuestro retiro. La amo con locura, por eso nos casamos tan jóvenes.

– ¿Carla? –digo lo más fuerte que puedo mientras miro a mi alrededor y tengo la cabaña más cerca– ¿Cariño?

La única bombilla encendida es la de la entrada, el interior se muestra engullido por la oscuridad más absoluta. Parece algo paranormal, ya que al tener un foco de luz tan cerca debería de iluminar el gran salón que hay al entrar. Nuestro coche está aparcado con una de las puertas abiertas y las luces de emergencias encendidas.

Fijo mi mirada en el suelo y veo pisadas con un rastro de sangre que lleva hasta el interior. Me preocupo y tomo fuerzas respirando hondo antes de zambullirme en la negrura más aterradora.

Al entrar veo una linterna de emergencia en el suelo que parpadea como único foco de iluminación. Doblo mis piernas con gran un esfuerzo para cogerla y con un simple golpe la bombilla deja de parpadear y así poder proseguir mi camino.

La gran sala es a doble altura, dejando la entrada y la zona de la cocina más elevada que el comedor, la chimenea y la zona de la televisión. Ilumino hacia todos lados viendo los cuadros de las paredes, las cortinas que ocultan las ventanas, la gran mesa con las seis sillas que hay al fondo, la cocina… Pero no veo a nadie.

Con las pulsaciones elevadas, susurro el nombre de mi esposa más de mil veces, pero no obtengo respuesta. Cuando estoy en el centro de la sala la puerta de entrada se cierra de golpe.

Me giro con brusquedad e ilumino, mientras pregunto si hay alguien ahí. Sólo veo la puerta, no escucho pisadas, ni otra respiración. Trago saliva y con mi mano seco el sudor de mi frente, la luz empieza a temblar mientras continúo mi búsqueda.

Unas pisadas me asustan y busco quién es. Veo la espalda de mi esposa entrando por la puerta que lleva al resto de estancias. La llamo pero no hace caso, cierra la puerta y escucho sus pisadas alejándose por el pasillo.

– ¿Qué cojones pasa aquí? –murmuro enojado– ¡Cariño! Deja de hacerte la tonta…

No responde, aunque me percato que sus pisadas dejan un rastro de sangre. Me aproximo asustado hacia el pasillo, evito pisar la sangre, y con dudas abro la puerta. Mi foco de luz permite ver un lateral de Carla doblando esquina con prisa, escucho sus pisadas y como se encierra en nuestra habitación.

Camino hacia la estancia entre mareos y verdaderas migrañas. Ando apoyado en las paredes pero la estrechez del lugar me asfixia junto con el hedor de la sangre que se acumula por el suelo.

En la esquina del pasillo vomito, las piernas se tambalean y caigo manchándome de sangre y jugos gástricos. A gatas llego hasta el pomo de la habitación y con un gran esfuerzo entro.

– ¿Quién es ese? –pregunta la voz gutural de nuestro amigo– ¿Te estaba mirando? Si no dejas a Calixto te la verás conmigo.

Cuando abro los ojos, vuelvo a estar en la entrada de la cabaña. Creo que la locura corroe la razón, mis pulsaciones se aceleran, tiene que ser por el dolor que siento que deliro y no me doy cuenta. Seguro que entro y veo a Carla esperándome y riéndose por la borrachera que hemos cogido los tres.

Al entrar lo único que veo es la linterna en el suelo y todo a oscuras… Otra vez. Tras arreglar la linterna contemplo la estancia desordenada. Lo que más impresiona es la cocina, está sucia y con sangre por todos lados. Me acerco para mirar mejor y la puerta de salida se vuelve a cerrar, pero en esta ocasión nadie corre hacia la puerta del pasillo.

– ¿Hasta de vacaciones tienes que usar el móvil? –retumba la voz de nuestro amigo– No me eches la culpa del otro día, tú me provocaste y se me fue la mano.

Sorprendido por lo que escucho en mi cabeza, ahora junto a las voces aparecen imágenes en forma de recuerdos… ¿Mi amigo es así? Asustado y sin saber qué hacer, grito el nombre de mi mujer para que aparezca, pero no obtengo respuesta.

Un grito desde la habitación de matrimonio me horroriza, es ella. Cojeo rápido hacia el pasillo y esta vez llego a un lugar sangriento por todos lados.

– ¡Cómo le digas algo a tu madre la próxima vez será peor! –escucho a mi amigo en el lavabo, mientras mi mujer llora en la habitación.

La cabeza vuelve a dolerme, la visión se nubla y las manos tiemblan por la angustia que siento. Abro la puerta del dormitorio y veo una cama de matrimonio con Carla tumbada bocarriba. Todo se difumina, siento como algo desciende por mi rostro, al tocarlo veo los dedos manchados en sangre.

Abro los ojos, tiemblo y la respiración está disparada. Estoy frente a la cabaña por tercera vez. Miro hacia atrás, el tiempo está detenido, no se escucha nada en el bosque, no se mueve ni una rama. Toco mi cabeza y veo que no estoy sangrando, respiro para calmarme y vuelvo a entrar.

La linterna está en su sitio, la recojo y la tomo de nuevo entre mis manos… O sería la primera vez, no estoy seguro de lo que estoy viviendo. Camino mirando para todos sitios alumbrando lo mejor que puedo.

Esta vez está toda la estancia de manera caótica. Veo los muebles tirados, cristales rotos, las cortinas arrancadas a tirones y sangre por muchas partes. Mis pisadas crujen por trozos de diversos materiales esparcidos por el suelo. El frío se hace latente, además presiento que alguien me observa desde algún rincón.

– ¿Hola? –pregunto confundido mientras busco a alguien con mi luz.

Al volver a mirar al frente una presencia me provoca un enorme escalofrío en mi ser. Carla está frente a mí, recta y con un rostro muy serio. Quiero hablar, andar hacia ella, tocarla y abrazarla, pero no puedo. Estoy petrificado, algo no está bien, siento escalofríos y la cabeza vuelve a dolerme con intensidad.

– Te amo… Si soy así es porque te amo a más no poder –dice la voz de mi amigo mientras veo como Carla se maquilla los moratones del rostro–. Nadie debe de enterarse de nuestras malas rachas, gracias por aguantarme.

El retiro al bosque fue idea suya, él quería evitar que nos llamaran la atención, como la última vez, y encontró esta cabaña. Él siempre ha sido así, un verdadero monstruo… La ama, pero sus sentimientos son puro veneno para mi pareja.

Los ojos de Carla se inflaman por moratones y rasguños que le aparecen, sangra sin motivo aparente por la sien y la ropa se rompe. Llora sin inmutarse, fuerte y fría ante el daño que poco a poco sus recuerdos le está provocando. La extraña mano de nuestro amigo se cierne sobre su hombro, tiemblo asustado.

Posee apariencia humana, sin embargo con tentáculos de sombra como piernas y unas manos como verdaderas garras. Sus vestimentas están mugrientas, su piel grisácea, sus ojos negros, el mentón le sobresale y enseña unos enormes colmillos. Si lo miro con atención, mi amigo y yo nos parecemos.

– Ya voy… Calixto –llama mi esposa a nuestro amigo. Agarra éste a mi esposa con violencia por el brazo, cosa que le provoca más heridas por sus afiladas uñas y con rapidez se la lleva por el pasillo.

Gritos lastimeros, el ruido de la carne siendo torturada por toda clase de objetos del hogar y demás maldades surgen en mi cerebro. Veo a Carla en mis recuerdos siendo torturada por mi amigo de múltiples formas. Me agacho y encojo sobre mí mismo al tiempo que lloro. No sé cuándo acabará esta extraña tortura.

A cuatro patas marcho hacia el pasillo, cortándome con cristales y trozos de cerámica, nada importa. Soy una vergüenza de ser humano por ser tan cobarde… Debo buscar a ese extraño ser tan parecido a mí para que deje en paz a mi amor.

Me incorporo y ando a través de ese oscuro pasillo, todo vuelve a dar vueltas, casi caigo por un charco de sangre y el mal olor me da nauseas. Doblo esquina y veo al fondo el cuarto de matrimonio iluminado por la lamparita de la mesita de noche de mi esposa.

Sin embargo, escucho como un corazón late en el servicio con fuerza. Me acerco con cautela hasta la puerta, pero esta se abre sola desde dentro… Los latidos son más fuertes, mi mano se dirige temblorosa hacia el pomo, todo está oscuro, y empujo para poder mirar desde fuera.

No hay nadie, mi cara deplorable me saluda desde un espejo. Una pintada con esmalte reza; ¿Por qué? Miro al váter que desprende un gran hedor y veo un corazón latir bañado en sangre. Salgo de allí asqueado y con un enorme dolor de cabeza que hace que mi visión se vuelva turbia.

La alargada sombra de mi amigo monstruoso me sobrecoge y detiene. Está parado en la entrada de la habitación, al fondo veo a Carla tumbada en la cama sin moverse. La visión se vuelve a nublar, pero cuando se calma, la extraña presencia no está.

Entro en la habitación y la puerta se cierra. Camino hasta Carla, está muerta bocarriba por un enorme corte en el cuello. Deseo gritar, llorar, o patalear, pero no puedo hacer nada.

Una mano agarra mi hombro para girarme. Soy yo, sonriéndome con malicia. Se acelera mi corazón y unos recuerdos desagradables renacen en mi memoria.

El daño a Carla se lo hacía yo, no nuestro amigo… Todas nuestras discusiones y peleas eran cosa mía, yo planifiqué esto para que nadie nos molestara por nuestros gritos… Tan sólo yo… Yo soy el monstruo.

Mi copia se transforma en el monstruo que he visto antes y atraviesa mi corazón. El dolor tan profundo que me ocasiona se evapora con parsimonia mientras poco a poco vuelvo a aparecer en la entrada de la cabaña.

En esta ocasión, una gran paz me invade, el sol ilumina con fuerza y el interior del lugar está limpio y ordenado. Levito sin hacer ruido en el gran paraíso natural, atravesando puertas, hasta llegar a la habitación donde yacía mi esposa viva.

Su rostro, dañado por nuestra última discusión, vuelve a florecer con su gran hermosura. Mira preocupada hacia el techo y deja su alianza en la mesita con decisión.

– Gracias, Calixto –susurra Carla tumbada– Gracias por poner fin a mi sufrimiento.

Le sonrío mientras veo mi cuerpo tirado en una esquina de la habitación con un enorme golpe en la cabeza y un cuchillo en mi corazón. Yo mismo acabé con mi vida, como el cobarde que siempre he sido.

 

Antonio S. Jiménez

Registrado en SafeCreative.

Pt

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2 comentarios en “Mi espacio: El monstruo.

    1. Gracias. De momento no creo que saque nada de relatos en papel. La comparsa este año estoy intentando sacarla aprendiendo de los errores del año pasado. No obstante, si no sale nada que merezca la pena; si las ganas y el tiempo me lo permiten; sacaré un romancero.

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